EL PERRO

Liquidación de temporada

In después no digas que no te avisé on septiembre 24, 2009 at 11:41 pm

Antes (que es el más difuso de los lugares del tiempo) existía el pudor o algo parecido que hacía que todo aquello que fuera contrario a la virtud fuera del ámbito de  lo privado. Bastante más acá, cuando la rebeldía se convirtió en bien de uso,  amparados por la excusa de lo mal que la pasábamos puertas adentro, empezamos a mostrar a quién quisiera ver las joyas de la familia: todo aquello que tías y madres decían que estaba mal. De ahí  a la catarsis estábamos a un paso. Y poniendo el primer mojón temporal más o menos exacto los noventa y sus insatisfacciones estuvieron llenos de “Yo siempre fui así y no voy a cambiar ahora”. Hoy, en estas madrugadas inundadas de publicidades eternas, que cual gota de tortura china, penetran el más terco de los cerebros, entramos  a los salones, a las fiestas, a las casas, y lo primero que hacemos es avisar que somos unos jodidos, gritando que lo mejor que tenemos es ese defecto insoportable y que no vamos a soportar a todos aquellos que no lo soporten. Y lo repetimos hasta cuando nadie nos escucha como si fuéramos televisores que alguien olvidó apagar. Los últimos rastros de civilización (a lo Sarmiento, a lo Eugenia de Chicoff) se observan en frases como “Lo que pasa es que yo soy muy exigente con los demás porque soy muy exigente conmigo mismo” o “Para mí es todo blanco o negro”.

No me pregunten que tiempo fue mejor. Acá sólo se exhibe.

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